1.El texto pertenece al capítulo 2 del libro II del “Libre albedrío” de San Agustín, el cual nos expone el tema de la importancia de la libertad, en cuanto esta engloba nuestra capacidad para tomar decisiones, así como la relación de la misma con Dios. Se plantea la incertidumbre de la libertad atribuida al ser humano para ser persona con capacidad de deliberación y decisión moral. En este texto, Agustín considera que si realmente es cierto que Dios nos ha proporcionado la libertad, como él creía, lo hizo con razón y sabiendo realmente el acto que estaba realizando, pues como Ser supremo contiene también la inteligencia máxima y no otorga algo que no debería. Del mismo modo si lo hizo fue para guiar al hombre en su búsqueda del bien, pues si no fuera así como máximo Bien no la hubiera proporcionado él. Agustín consideraba que la voluntad del hombre era débil como causa del pecado original heredado de padres a hijos desde el tiempo de Adán y Eva, y, por tanto, el ser humano tenía tendencia a deliberar a favor del mal. Por ello, si la libertad es obra de Dios, él nos la ofrece para poder seguir el camino del bien y evitar la inclinación a pecar, pues antes no la poseíamos debido a nuestra tendencia al pecado. Este texto muestra, entonces, el principio de moralidad que constituye el amor a Dios, pues como ser perfecto que es no se le puede atribuir un error.
2. San Agustín de Hipona elabora el primer sistema completo del pensamiento cristiano platónico. San Agustín fue maniqueo en un momento de su vida, y más tarde neoplatónico, aunque fue con el cristianismo que puso fin al intelectualismo moral, a la eternidad del alma y a la reencarnación de la misma, y estableció el libre albedrío.
Razón y Fe.
Para San Agustín, la razón está al servicio de la fe. Se interpreta la fe como un camino para superar los límites propios del hombre al alcanzar por medio de ella conocimientos no accesibles a la razón. Aun así, no deja de ser problema la relación entre un discurso sometido a la razón y un mensaje revelado.
Conocimiento y verdad.
San Agustín tenía el deseo de alcanzar la verdad en sí misma, la sabiduría, y solamente si el hombre la alcanza, encuentra la felicidad. Para alcanzar la verdad es necesario conocer, pues sólo por medio del conocimiento se puede alcanzar la realidad. Por tanto, el punto de partida de San Agustín es el autotrascendimiento, un ejercicio platónico para llegar a Dios y a su verdad.
El conocimiento se divide en tres niveles, siendo función del alma:
o Conocimiento sensible: es el conocimiento que tenemos de las cosas a través de nuestros sentidos. Pero no se trata de un conocimiento verdadero, ya que tanto los objetos como el cuerpo aportan sus deficiencias al conocimiento, nos movemos dentro de la apariencia. Los objetos sensibles no pueden ser objeto propio del entendimiento aunque sean el punto de partida del conocimiento.
o Conocimiento racional: elaboración efectuada por la razón a partir de la información de los sentidos. La razón compara dicha información con las ideas de la mente divina, o modelos de las cosas, que han dado lugar a la creación. Sólo el hombre alcanza este conocimiento.
o Conocimiento contemplativo: es el grado más alto de conocimiento, el cual alcanza la contemplación de las ideas eternas. Se trata del auténtico conocimiento, la sabiduría. Se alcanza en el interior del hombre, es la presencia de Dios en cada hombre. Se descubre la verdad.
Se produce, por tanto, la interiorización observando ideas inmutables, infinitas, innatas en nuestra conciencia que no hemos creado nosotros, sino que deben haber sido creadas por un ser inmutable e infinito. Este ser es Dios, causa real proporcionada. Para alcanzar el nivel superior del conocimiento en la interiorización de la conciencia, el hombre necesita de una ayuda exterior que ilumine la mente humana para conocer las ideas, Dios. Por tanto, se produce la Iluminación, teniendo lugar en la parte superior del alma.
Conducta moral.
La explicación del comportamiento moral humano es afectado por la consideración del ser humano como un ser nacido en pecado. La moral va unida a la voluntad, facultad que determina las acciones humanas por su capacidad de deliberar y tomar decisiones.
Sin embargo, el hombre nace con voluntad débil como causa del pecado original. Su capacidad de elección o libre albedrío se inclina más a favor del mal que del bien. Por tanto, San Agustín, en contra de la capacidad del ser humano para obrar bien por sí mismo que mantiene el pelagianismo, defiende la necesidad de la redención. De esta forma, el hombre con ayuda de la gracia divina consigue el bien, posibilitando la libertad para obrar bien y alejado del mal. El hombre reconoce en su interior que sólo en Dios puede encontrar su felicidad. El principio de moralidad es, entonces, el amor a Dios.
Demostración de Dios.
Dios ha creado la idea inmutable, Dios es causa real proporcionada y por tanto, Dios existe. Los agustinianos mantenían una demostración de la existencia de Dios a priori, un argumento lógico, es decir, al margen de la experiencia y la realidad. San Anselmo expresaba que si a Dios le faltara la existencia dejaría de ser el ser máximo y, por tanto, hay una necesidad de que exista, ya que si no desaparecería su condición suprema. Para ellos lo importante era el amor a Dios, aunque no se entendiera.
Antropología.
La concepción agustiniana del ser humano es dualista. El hombre es un compuesto de cuerpo y alma y posee dentro de sí la realidad mostrada como razón. Para San Agustín dicha razón es el alma, que lo diferencia del resto de seres. Este alma posee dos niveles relacionados con el conocimiento: razón superior y razón inferior. La razón superior es la parte del alma que lo acerca Dios. Se produce lo que San Agustín llama Iluminación, pues Dios ilumina la mente finita del hombre para que sea capaz de alcanzar lo inmutable, originándose la sabiduría. Actúa en el interior del hombre y es allí donde se descubre la Verdad por medio de la razón de las verdades esenciales para que el hombre alcance la felicidad. Así el hombre descubre algo ilimitado en sí mismo: la sabiduría o Dios mismo. En la razón inferior se alcanza la ciencia, descubriendo las cosas mundanas.
El origen del alma es Dios, pues es creada por él, pero los Agustinianos se preguntaban que si Dios había creado el mundo y era un ser bondadoso, por qué existía el mal. Ellos mismos respondieron que Dios no producía el mal, pero sí lo permitía. Dios creó un alma perfecta, pero debido a su permiso del mal, los primeros padres, Adán y Eva, cometieron un pecado que fue heredado por sus descendientes. Se establecía que el pecado original se encontraba ya en el interior de alma, trasmitiéndose de padres a hijos y el hombre perdía la perfección con que Dios le creaba.
El desacuerdo entre cuerpo y alma por ser de dimensiones distintas (el alma espiritual y el cuerpo material) es consecuencia del pecado original cometido por los primeros padres.
Sentido de la historia y teoría política.
San Agustín es el primer filósofo que reflexiona sobre el paso de la historia. Escribió un libro sobre el sentido de la misma: La Ciudad de Dios, el cual explicaba que la historia es lineal, un escenario con distintos actos. El acto central es el nacimiento y muerte de Cristo; todo lo que ocurre antes es preparación para el momento cumbre, y todo lo que ocurre después son consecuencias de dicho momento. El objetivo del libro era minimizar el papel del Estado, así como dar más importancia a la Iglesia que a dicho Estado, pues lo más importante es la Ciudad de Dios.
La búsqueda del amor a Dios y el principio de moralidad le sirve para clasificar al hombre socialmente en dos categorías: los que siguen un amor a Dios y los que siguen el amor a sí mismos, amor propio. Existe una lucha permanente entre una tendencia terrenal y una tendencia espiritual, simbolizada en la ciudad terrenal de Babilonia y en la celestial de Jerusalén. Para entender dicha lucha hay que interpretar la historia en un sentido escatológico donde todo se dirige a un tiempo de salvación final.
San Agustín consideraba que el Estado debía estar informado por los valores espirituales del amor a Dios que contiene la Iglesia, única sociedad perfecta que supera al Estado, y, por tanto, ambos debían regirse por los valores espirituales y buscar los intereses divinos, no terrenales, de una ciudad perfecta y justa.
El Estado y la Iglesia poseen modos distintos de legislar: el Estado sigue la ley positiva, establecida por la autoridad, y la Iglesia la ley natural que debe ser también la inspiradora de la ley positiva del Estado. De ahí la preeminencia legislativa de la Iglesia.
Por tanto, para San Agustín el origen de la autoridad está en Dios, él legitima el poder y él decide la forma de gobierno de cada lugar, pudiendo ser investidos los gobernantes por la Iglesia como representantes del poder divino. Sin embargo, la Iglesia sólo tiene poder moral y es conveniente el apoyo del Estado para la implantación de los valores cristianos.